Celebración de la Ashura

¿Guerra de Religiones? No en Líbano, ni en Iraq

El sectarismo, palabra de moda en los análisis sobre Oriente Medio, no lo explica todo. De hecho, su premisa fundamental no es muy consistente: la solidaridad entre grupos que dicen pertenecer a un mismo credo muestra su debilidad frente a fuerzas y fronteras mayores. Sin embargo, la idea de que la fe del otro es la fuerza motora de los conflictos existentes es una tendencia preocupante y una profecía que tiende a cumplirse a sí misma. Un reciente estudio de Pew desmitifica algunos aspectos.
Celebración de la ashura, ritual chií, en Líbano // Andrea Diener

Celebración de la ashura, ritual chií, en Líbano // Andrea Diener

Karim Sadjapour, experto en Irán del Carnegie Endowment for International Peace, era así de claro en un reciente tweet acerca de la hostilidad existente en países como Arabia Saudí contra los chiíes:

Exacerbada tras la caótica posguerra de Irak, la histórica rivalidad entre suníes y chiíes preocupa a propios y ajenos y se ha convertido, por derecho propio, en uno de los principales debates acerca de la centralidad (o no) del sectarismo en la violencia derivada de las revueltas árabes. Para algunos autores, de hecho, la explicación “sectarista” de los conflictos ha funcionado como elemento contrarrevolucionario. Siguiendo este argumento, los movimientos árabes, inicialmente transversales, se han visto superados por aquellos que pretendían, dentro y fuera, definirlos en términos religiosos y excluyentes. Recordemos que en Bahrein, el primer cántico que saltó a las calles fue el de “ni sunníes ni chiíes, somos bahreiníes”, mientras que en Siria el primer movimiento agrupaba a gente de todas las confesiones.

El asalto de la explicación confesional

La explicación “sectarista” de los conflictos ha funcionado como elemento contrarrevolucionario.

¿Cuánto queda de ello ahora? En Bahrein, la nada disimulada intervención militar Saudí bajo el paraguas del Consejo de Cooperación del Golfo ha tenido su correlato en la acérrima defensa iraní de los derechos del pueblo bahreiní, en donde Teherán invita nada disimuladamente  a apellidar al “pueblo” como “pueblo chií” sometido a un monarca sunní. En Siria y Líbano, por su parte, grupos militares operando autónomamente libran una especie de “batalla de los rehenes” en la que el criterio de los ataques es la confesión religiosa del otro. Los análisis que nos llegan no se cansan de repetir una y otra vez la naturaleza “sunní” de la oposición siria y  ”alauita-chií” de la elite en torno a Al-Assad, obviando completamente que el alauismo es considerado por el chiísmo como una heterodoxia bastante dudosa y que el régimen sirio se considera a sí mismo como el último bastión del panarabismo (más bien socialista, nacionalista y… secular).

Asímismo, en torno a la alianza Irán-Siria se construyen interpretaciones en los que la afiliación religiosa chií y alauí de las elites explica lo que son, más bien, relaciones diplomáticas basadas en mutuas dependencias e intereses. Baste recordar aquí que, en el conflicto entre la cristiana Armenia y la chií Azerbaiyán, Irán no tuvo ningún reparo en posicionarse a favor de los primeros. Del mismo modo, en 1991 Irán no acudió al rescate del alzamiento del sur de Irak contra el gobierno de Saddam Hussein, mayoritariamente chií. ¿Dónde estaba entonces la religión?

El mismo uso indiscriminado de la palabra ‘secta’ nos remite a ideas que van más allá de la fe religiosa: oscurantismo, intransigencia, culto irracional. ¿Es esto así en realidad? Cuando el sectarismo se convierte en el factor que parece explicarlo todo, se hace cada vez más necesaria la labor de periodistas y expertos que nos recuerden que los alauíes de Siria no son lo mismo que los alevíes de Turquía, o que identificar afiliación religiosa con ideología política es un juego cargado de trampas.

La percepción de enemistad tiene el poder de convertirse en profecía autocumplida

La histórica rivalidad entre ramas de las diversas religiones es un hecho innegable. También lo es que en épocas no tan pasadas no explicaban por sí mismas ningún conflicto, más allá de ámbitos locales y muy reducidos. Sin embargo, en el mundo del Islam asistimos hoy a una creciente hostilidad que afianza cada vez más la percepción de que la lucha es parte de una enemistad global. Los ataques se extienden desde su epicentro, en Irak, hasta países islámicos no árabes como Malasia, tradicionalmente muy alejados de los debates y asuntos del mundo árabe e iranio. En los lugares más excéntricos al origen del conflicto, en donde el chiísmo es algo que solo llega por televisión, la percepción de esta enemistad tiene el poder de convertirse en una profecía autocumplida y aumentar el conflicto. La dinámica es muy perversa, ya que la percepción de una enemistad histórica e insuperable genera el conflicto que, a su vez, parece confirmar la norma: efectivamente, el conflicto es infinito… pero sólo cuando se cree que es infinito.

Lo que las encuestas nos cuentan.

El último informe sobre el mundo musulmán de Pew Research arroja algunos datos esclarecedores, así como algunas tendencias que confirman lo comentado.

Creencia en una única interpretación del Islam // Pew Research

Creencia en una única interpretación del Islam // Pew Research

El punto de partida no es especialmente sorprendente: existe una corriente de opinión dominante entre los musulmanes por la cual sólo hay una interpretación del Islam, la cual obviamente tenderá a coincidir con la suya. Antes de atacar al Islam por esta intransigencia, sería bueno saber qué ocurre en el seno de un cristianismo que pocas lecciones históricas puede dar sobre “sectarismo” y guerra religiosa. Sin embargo, el programa sobre religiones de Pew no ha realizado un estudio similar: seguiremos esperando.

¿Son los chiíes musulmanes? // Pew Research La sorpresa para los adeptos a explicaciones “sectaristas”, viene a continuación. ¿Son los chiíes musulmanes?, pregunta Pew. La pregunta se las trae, ya que identifica el máximo marcador de intransigencia que podemos hallar en el conflicto chií-sunní: la exclusión del otro del propio credo. Una postura tradicionalmente defendida por los grupos más radicales, que arrojan al chiísmo al canasto de las herejías, en lugar de considerarlo como un hermano poco querido pero, a la hora de sentarse a la mesa, hijo de un mismo padre. En definitiva, un salto cualitativo ya que considerar a un chií como no musulmán levanta la prohibición coránica de asesinar a correligionarios.

Las respuestas nos indican que los países con mayor conflicto religioso chií-sunní son los que más incluyen al chiísmo en el Islam, mientras que los países con menor contacto con el chiísmo son más tendentes a la intransigencia. Las cifras superan ampliamente el efecto que la respuesta obvia de los chiíes – sí, somos musulmanes – haya podido tener. Tomemos el caso de Irak o Líbano: si bien aproximadamente poco más de la mitad de sus ciudadanos son chiíes, en ambos casos un 90% de los encuestados los incluyeron en el Islam. Esto significa que la amplia mayoría de sunníes votaron a favor de su contraparte. El resultado parece contraproducente: los dos países que sufren los mayores niveles de violencia por motivos religiosos entre suníes y chiíes son los más inclusivos del otro en la propia religión. Añadamos Afganistán, otro país desgarrado por constantes asesinatos de la minoría Hazara, chií y persófona, a manos de los talibanes suníes: el 84% de los encuestados respondió afirmativamente a la pregunta.

Los países con mayor conflicto religioso chií-sunní son los que más incluyen al chiísmo en el Islam

Por su parte, alejarse geográficamente del “centro” del conflicto no hace sino confirmar la tendencia. Túnez, Jordania, Egipto, Marruecos: cuanto más lejos de tener un contacto directo con población chií, más posibilidades de que los musulmanes sunníes consideren a los chiíes ajenos a su fe. Con excepción de Túnez, la relación entre distancia e intolerancia es perfecta: Marruecos es el país árabe más alejado del centro geográfico del chiísmo y el que más lo excluye del Islam.

Se echan de menos datos de países que tienen contacto histórico con el chiísmo dentro de sus fronteras pero cuya ortodoxia oficial es anti-chií, como es el caso de Arabia Saudí, que sin duda hubieran completado la imagen y confirmado la fuerza de la tendencia apuntada. Lo que es innegable es que esta encuesta lanza por los aires algunas de las presunciones más arraigadas acerca del motor del conflicto. Quiza sea el momento de mirar más allá de las diferencias religiosas para explicar todo lo que ocurre en Oriente Medio. Del mismo modo, sería bueno preguntarse acerca de las consecuencias derivadas de constante la tematización del conflicto en términos sectarios, especialmente en los países que no tienen una experiencia directa diaria con el chiísmo.

Sin más datos para formar sus opiniones que las interpretaciones ofrecidas por expertos y periodistas en los medios de comunicación, no es de sorprender que los sunníes de países alejados de los conflictos religiosos tiendan a identificar en el chiísmo un enemigo externo al Islam.

Por su parte, los sunníes y chiíes iraquíes, libaneses y afganos tienen menos problemas a la hora de reconocer ese aspecto tan olvidado en los análisis “sectaristas”: que sus problemas son más políticos que religiosos.

Algo deberíamos aprender los demás.

Nota: Algún lector se preguntará por qué hablo principalmente desde el punto de vista de los chiíes. El motivo es doble: por una parte, como minoría en la práctica totalidad de los países encuestados, es sobre ellos que se centra el debate acerca de la pertenencia o no. Por otra parte, y como se puede consultar en la página anteriormente citada, el sunnismo no arroja lugar a dudas: para la abrumadura mayoría de los encuestados, ser sunní es ser musulmán. Esto ha de incluir, por fuerza, el voto chií de Líbano, Iraq y Afganistán.